Serie de reportajes Patrimonio en Chile: Región de Coquimbo. Publicación en Revista física y digital "Ventana al patrimonio"; edición 2014.

El Tangue patrimonio constructivo

El término vernáculo nos habla de aquello que es nativo, propio del lugar. Desde ahí las construcciones vernáculas son un claro ejemplo de una manifestación en donde la observación, la cultura y los recursos se entremezclan en su justa medida para ser mani esto de obras que hablan de la historia, el entorno, el habitante y sus oficios.

Un ejemplo vivo de esto dentro de la IV región es la hacienda El Tague, ubicada al sur de la comuna de Coquimbo, rematando la playa grade de Tongoy hasta la localidad de Puerto Aldea.

Cerca de 45.635 hectáreas de territorio nos hablan de la historia y los oficios del pasado. Este patrimonio, casi olvidado, sigue en pie sustentado por la ganadería de ovinos como principal actividad económica, de la cual se extrae tanto carne como lana. Manejada por la Sociedad Agrícola y Ganadera Limitada El Tangue, sus alrededor de 250 habitantes aún dan vida a sus rincones, unos cuantos almacenes, escuela y Capilla.

Este conjunto de edi caciones dentro de la hacienda son re ejo de una cultura constructiva en donde la tierra cruda y los elementos vegetales se unen para dar vida a exquisitas construcciones de adobe y totora, las cuales son un ejemplo de la arquitectura vernácula de la región y las riqueza constructiva que estos nobles materiales pueden ofrecer.

El modelo de vivienda resulta de una fusión entre la tradición constructiva local y la influencia que la administración galesa tenía en ese momento. Las cerca de 60 viviendas se edificaron para renovar las casas de los inquilinos que vivían en condiciones deplorables, de éstas la última vivienda de adobe y madera se construyó en el año 1982. Para su construcción se emplearon materiales locales y recursos existentes del lugar, como la madera, la brea, la totora y la tierra. Es por medio de estos los materiales y su ocupación que las construcciones consiguen mimetisarse con el lugar, creando un ambiente que logra transportarnos al pasado e incorporarnos al entorno rural.

Un distingo constructivo que caracteriza la hacienda y su entorno son sin duda sus techos hecho de totora tejida. Esta se cosecha en los meses de verano donde el nivel de los humedales es más bajo y de más fácil acceso, con el n que esté verde y lo su cientemente larga para su utilización. Luego del secado esta se puede comenzar a engavillar. La gavilla, medida dada por el cuerpo, se re ere a la cantidad de totora que cabe en una mano, la cual se usa como el primer módulo del techado. Estas se ordenan y amarran, para obtener hachones, los cuales corresponden a un atado de gavillas con medida no superior a la que un hombre pueda sostener y subir a la estructura del techo. Esta labor debe ser realizada preferentemente en las mañanas, para que la totora conserve su humedad y no se quebraje con el calor del sol de la tarde. Cada gavilla es colocada con cuidado de quedar bien atadas, construyendo un tejido generado por corridas de abajo hacia arriba y traslapado en capas. Finalmente, el resultado es un manto grueso de bra vegetal, el cual tiene la propiedad de ser aislante y duradero. Al igual que cualquier material de construcción, este debe repararse. Cada 15 a 20 años se debe agregar una nueva capa sobre la anterior, envejecida por el sol y de un color más grisáceo, lo que va evidenciando en su tonalidad el paso del tiempo.

En la actualidad, y como suele suceder con este tipo de prácticas, las cuales se traspasaban de generación en generación, la tradición constructiva se ha ido perdiendo, dando paso a los nuevos materiales que ofrece el mercado y el olvido de un o cio que construye un patrimonio de gran riqueza nacional.

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Andrea Montserrat Venegas Torres

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